miércoles, 10 de junio de 2009
Publicado por vivealdia @ 5:44 PM  | Personajes
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Hizo suspirar a miles de caraqueñas, fue el "rompecorazones" de una época, pero también indigente por un día y fiel visitante del Paseo Los Próceres.

Ha vivido varias Caracas. Primero, la tranquila, la encantadoramente tranquila en la que él era una figura anónima, sólo su voz sonaba en la radio. Luego, la urbe en crecimiento en la que se convirtió en ídolo de multitudes, el galán romántico de una época, el Rodolfo Valentino de esta capital. Y ahora transita en una ciudad distinta, la del caos, la abrumadora, la que habita, como él mismo lo dice, desde el "descanso del guerrero".

Raúl Amundaray tiene una visión casi única de esta ciudad, pues pocos como él pueden asegurar que fueron, inobjetablemente, el suspiro de miles de caraqueñas. Adonde iba, una multitud lo seguía, los teatros se llenaban de muchachas cuando actuaba, y sus telenovelas eran éxitos garantizados.

"Viví esa época a plenitud. Llegaba a un restaurante y había mujeres que se desmayaban, otras se me tiraban encima, me jalaban la corbata, me rompían las camisas y los sacos. Eso me limitó mucho en Caracas, no podía salir ni hacer ciertas cosas; hasta tenía guardaespaldas", cuenta.

Pero el clímax llegó cuando protagonizó El derecho de nacer. La sintonía y su fama eran asombrosas. Sin embargo, se las ingenió para mantener una vieja costumbre que lo obligaba a exponerse en público todas las noches. "Cuando estaba en el liceo solía irme a estudiar a Los Próceres, me gustaba ese sitio. Entonces, trabajando en la TV, no quise perder el hábito y buscaba la forma de irme para allá a repasar mis libretos. Esperaba que se hiciera muy tarde, cuando ya no había mucha gente, y me sentaba en un banquito a leer los guiones. Eso me llenaba de paz", recuerda, pero confiesa que hace años desechó tal práctica: "Al contrario, ¡hoy no me iría de noche a esa zona ni por casualidad!".

"Llegaba a restaurantes y había mujeres que se desmayaban, otras se me tiraban encima, me jalaban la corbata... eso me limitó mucho en Caracas, no podía salir..."

Pero no siempre hizo de "rompecorazones". Una vez, cuestionada públicamente su capacidad actoral, asumió un papel inédito: Juan, un anciano indigente que padecía Parkinson en la obra Que Dios se lo pague. Para demostrar su talento, Amundaray se la jugó en las propias calles de la ciudad.

"Me vestí de recogelatas, me maquillaron, y me fui al Centro, a pedir limosna en la entrada de la Iglesia de Santa Teresa. Una mano me temblaba, me babeaba, estaba sucio y no decía una palabra", cuenta sonreído. Y luego añade con seriedad: "Ese día vi que muchos se alejaban al verme, otros cruzaban de acera, pero los más pobres se acercaban a darme unos centavos. Fue una gran lección". A juzgar por los resultados su interpretación fue impecable: recibió 90 bolívares, que para 1985 era bastante dinero.

Juan fue un extracto genuino de la realidad capitalina, un personaje que buscó, consiguió y vivió en la dinámica de esta urbe. "Y siempre le digo a mis estudiantes que allí, en la vida, en la ciudad, está la mejor escuela", apunta.

Sus días ahora son más tranquilos. Cuando está en algún proyecto, se la pasa en la calle grabando. Cuando no, prefiere el hogar, se ha vuelto muy casero. Consciente está que su etapa de galán ya pasó, ahora vive otro momento. "Uno no puede seguir pensando que es el 'muñeco de la ciudad'. Sabía que eso era pasajero, todo lo es", dice. Entonces, cree también que las desgracias caraqueñas pasarán: "Merecemos un destino mejor".

Se llena de nostalgia por la ciudad de antes, la que se fue y no volvió, pero se esperanza al pensar que "el río tomará su cauce", que Caracas será restaurada, que le harán una cirugía plástica y que volverá la hermosa capital del ayer. "Que vuelva, Dios mío, que vuelva", ruega al cielo con los ojos cerrados.

Por Johan M. Ramírez Foto: Natalia Bran
Asistente de fotografía: Anita Carli
Fuente.www.eluniversal.com/estampas/


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