El interés por aprender a meditar ha ido en aumento y se ha convertido en una importante práctica diaria para muchas personas. Más que obedecer a una moda pasajera copiada del mundo oriental, responde a la necesidad de hallar un espacio interno para retraernos de las interferencias del mundanal ruido y aquietar nuestra mente, liberándola de la esclavitud de los pensamientos incesantes que nos acosan cuando estamos en vigilia, al tiempo que aquietamos nuestro cuerpo, también sometido al constante movimiento que nos demandan las múltiples actividades a las que nos dedicamos cada día.
Aquietar la mente y el cuerpo es indispensable cuando nos sentamos a meditar, ambos guardan una estrecha relación entre sí y se influyen en forma directa: a una mente agitada le responde un cuerpo inquieto y viceversa; por lo tanto, si resistimos el deseo de movernos y mantenemos la intención de permanecer inmóviles el tiempo que dediquemos a la meditación nos daremos cuenta de que, pese a las incomodidades naturales que suelen presentarse al principio, al cabo de un tiempo de aquietamiento corporal la actividad mental suele disminuir.
La mejor manera de aprender a meditar es meditando. Todas las preguntas sobre cuál es la mejor manera para hacerlo se responderán por sí solas en la medida en que nos sentamos y tropezamos con las dificultades propias de lo que no se conoce por propia experiencia. Adecuar la práctica meditativa a nuestras condiciones particulares favorece a que persistamos en la buena intención que tenemos y que puede flaquear ante los obstáculos normales que se le presentan a todo iniciado.
Busca un espacio en tu hogar en el que puedas estar tranquila. Advierte a tus familiares para que eviten interrumpirte durante la meditación. Elige un horario que sea factible para lo que te propones.
Al principio hazlo por diez minutos con la práctica podrás incrementar el tiempo. Hazlo sentada, así evitarás quedarte dormida. Si usas una silla, no te recuestes, mantén la espalda erguida, las manos apoyadas en los muslos y ambos pies apoyados en el suelo. Si decides sentarte en el piso, hazlo sobre un cojín para elevar tu pelvis y elige un cruce de piernas que te resulte fácil. El olor de un incienso invita al recogimiento. Cierra tus ojos y concéntrate en sentir tu respiración, el roce del aire que entra y sale por tu nariz. No anides tus pensamientos, déjalos ir. Observa las sensaciones de tu cuerpo sin juzgarlas.
No te obsesiones con el provecho de la práctica, vendrá a su tiempo.
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Fuente: El Nacional Eme