La indecisión nos afecta a todos en distinta medida y posee un trasfondo útil, pero puede convertirse en una limitación paralizante cuando alcanza cierta magnitud o afecta a ciertas esferas vitales.
Diariamente se nos brinda la oportunidad de tomar decisiones acerca de diferentes posibilidades. Puede tratarse de resoluciones pequeñas y cotidianas o bien de elecciones que cambian el rumbo de nuestra vida. Dedicar un tiempo a la reflexión y el reposo de las ideas es útil y necesario; no obstante también lo es aceptar que, en ocasiones, es preciso asumir cierto riesgo para avanzar y superarse con los cambios.
Una educación óptima ha de fomentar tanto las decisiones rápidas como la reflexión, la libertad y la responsabilidad de decidir. Una buena formación personal exige reconocer y ser consciente de los problemas así como de las posibles vías de resolución, permitiendo luego a la persona asumir la responsabilidad de tomar sus propias decisiones.
El beneficio de la duda Es necesario dedicar un espacio a la reflexión y a la duda, y también dar un tiempo a la situación para que madure por sí misma. Tan importante es el resultado de las decisiones como el proceso previo que conduce a ellas, pues valorando y estudiando la situación se evita actuar por mero impulso.
Cuando la indecisión se convierte en un hábito puede generar:
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Indiferencia y falta de ambición.
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Dudas constantes.
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Preocupación por los aspectos pendientes de resolver.
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Tendencia a fijarse más en el lado negativo de las cosas, dedicando tiempo a pensar y hablar del posible fracaso en vez de concentrarse en los medios para alcanzar el éxito.
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Dilación, posponiendo eternamente aquello que debería haberse afrontado hace tiempo.
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Por otra parte, determinados factores pueden propiciar la indecisión y conviene tenerlo presente.
Algunos de los más habituales son:
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Objetivos difusos, contradictorios o poco realistas.
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Estrategias o recursos inadecuados.
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Situaciones novedosas no vividas previamente.
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Se vive un momento inadecuado para tomar determinaciones.
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Temor al fracaso.
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Falta de confianza en uno mismo a la hora de abordar la situación.
7 pasos en la toma de decisiones
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Definir con claridad la situación y el problema. Puede ser necesario dividirlos en varios.
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Determinar criterios, siendo conscientes de que las decisiones se han de corresponder con metas mayores y coherentes con los valores personales.
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Pensar alternativas, sin evaluarlas.
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Analizarlas, valorando sus implicaciones.
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Elegir una alternativa, aceptando la responsabilidad que conlleva y sus posibles imperfecciones.
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Implantar la alternativa seleccionada. Una vez tomada la decisión hay que ponerla en acción, esto a su vez puede exigir decisiones adicionales a medida que se avanza.
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Evaluar la efectividad de la decisión. Muchas decisiones pueden revisarse o adaptarse a nuevas circunstancias.
Fuente:Susana Martínez Lahuerta (psicóloga)/www.cuerpomente.com