"Supongamos que lo que firma es un contrato previamente estudiado, que, sí, los une en matrimonio, pero por, digamos, cinco años solamente. Al término de dicho contrato (...) éste quedará automáticamente sin efecto, a menos que usted y su ’peor-es-nada’ decidan renovarlo por un quinquenio más"
A la mujer promedio, así como a los conservadores de derecha, les encanta eso de preservar la tradición. Y nada más tradicional que casarse. ¿Con quién? No importa, pero está clarísimo: tienes que casarte.
Si tomamos en cuenta que más del 90% de las familias tradicionales son disfuncionales y más del 65% de los matrimonios se consideran poco o mediocremente felices, o es algún miembro -o ambos- infiel, uno no puede evitar preguntarse ¿cuál es el afán de esta preservación insensata que nos conduce a la infelicidad casi con certeza? ¿No sería mejor preocuparse por la preservación del oso panda? El caso es que, razón tiene una buena amiga, Disney les ha hecho mucho daño. No encuentro yo mayor importancia a esta superproducción que emprendes para casarte con, lo sabes bien, un pobre g... que no te da la talla, que la de lucir el modelito y ser princesa por un día. Esto, desde luego, afianzado por la percepción distorsionada del enamoramiento romántico que te ha hecho creer que además lo haces para toda la vida y por la maravillosa ocasión que te plantea el hecho para demostrarle a todas tus amigas solteras que ya no estás tan j... como ellas. ¡Qué cosa tan hermosa! En este punto, alguna de ustedes, enamorada ciegamente (nunca mejor utilizado el término), me acusará de frívolo y de tonto por estar generalizando y desmitificando algo tan hermoso como la celebración de una unión basada en el amor. Y tendrán algo de razón, no lo voy a negar.
Pero escuchen por un momento lo que les planteo.
Digamos que, efectivamente, parece usted estar perdidamente enamorada del hombre al que habrá de unirse.
Digamos, además, que a pesar de lo que ya usted conoce de él, siente que lo ama y que quiere compartir con él su vida entera. Le propongo en primer lugar que se mande a hacer el modelito que todas sus amigas le criticarán, haga la dieta, conviértase en Cenicienta, organice usted su fiesta y embárquese, pues, en esto tan hermoso y tradicional del matrimonio, todo normal, todo como acostumbra hacer la gente decente como usted. Ahora bien, supongamos que lo que firma, lo que los une, es un contrato previamente estudiado, que, sí, los une en matrimonio, pero por, digamos, cinco años solamente. Al término de dicho contrato y una vez evaluadas las condiciones del mismo transcurrido el lapso y sopesada su evolución, éste quedará automáticamente sin efecto, a menos que usted y su "peor-es-nada" decidan renovarlo por un quinquenio más. Esto, desde luego, sin romanticismos ni remilgos de quinceañera abandonada. Usted, que es tan capaz y está tan acostumbrada al sinfín de roles que debe interpretar en su vida cotidiana, tendrá el talento para separar su adicción al drama rocambolesco y al inservible romanticismo, y se sentará a examinar su situación de forma obligatoria cada cinco años.
Si la cosa no funciona, no sentirá usted que ha fracasado, pues el asunto, por contrato, tenía este final previsto. No sentirá usted que se quedará sola y abandonada, puesto que simultáneamente habrá cientos de miles de hombres cuyos contratos estarán expirando a su vez y no tendrá la excusa de que no hay solteros. Y, por si fuera poco, no tendrá el hombre el pretexto de no querer casarse para no perder su libertad, pues el asunto le garantiza la posibilidad de ser nuevamente libre en apenas cinco años. ¿No sería esta una mejor tradición a instituir? Probablemente usted me diga que no, porque vamos a estar claros, nada más atractivo que la promesa de infelicidad perpetua en la cual usted, tradicional al fin, tendrá la maravillosa oportunidad de responsabilizar al hombre, a la sociedad, a su religión, a la moral y las buenas costumbres de su miserable sufrimiento.
Nada mejor, pues, nada más importante y necesario para las ovejas de nuestro desdichado rebaño que preservar por los siglos de los siglos esta hermosa tradición.
El Nacional Eme
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