jueves, 08 de mayo de 2008
Publicado por vivealdia @ 7:36 PM  | De Todo un Poco
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"Me resulta imposible comprender cómo, por ejemplo, alguien grita histérico en la calle en protesta por el calentamiento global, cuando ni siquiera ha aprendido a reciclar la basura en su propia casa"

 
Hay quienes me dicen que soy monotemático y es posible, pues creo que los temas sobre los que vale la pena reflexionar son casi siempre los mismos. Sin embargo, hoy me permito desviarme de mi temática habitual. Lo hago porque no por coincidencia en los últimos días me he topado con un sinfín de personas que se consideran activistas enardecidos de esta o aquella causa. En principio, ver a tanta gente tan preocupada por resolver problemas tan grandes y que nos atañen a todos me pareció algo magnífico. Pero continuaron acercándose por un lado y por otro, hasta que llegué a toparme con una pancarta enarbolada por un grupo de jóvenes muy alterados, que proclamaba "La solución para el planeta".
Allí me detuve. Un momento, pensé, Estos muchachos tan nobles están aquí en el medio de la calle defendiendo desaforados "la solución" para el mundo y yo voy, tan egoísta, pensando en cómo resolver mis pequeños problemitas... algo no anda bien aquí. Y efectivamente, pensándolo mejor, creo que algo anda mal. Ese activismo fanático, y me dirá usted egoísta, no puede funcionar. Y esto por dos sencillas razones.
La primera, por definición, ningún fanatismo puede resultar en nada que no sea destrucción, mucho menos puede aportar una solución tan urgente como imposible.
La segunda, no puedo creer que esta gente tan apasionada tenga solución a nada, puesto que no tienen siquiera solución a lo esencial: sus propios problemas.
Si nos alejamos un poco de la emoción que nos produce la defensa de una causa noble, la posibilidad de ser útiles, de tener un propósito, podemos diferenciar claramente dos tipos de activismo: el que serenamente ofrece frutos incuestionables y que usualmente ejercen personajes exitosos y ejemplares, y el que no es más que una transferencia de frustraciones.
Me explico: un individuo no consigue el coraje de enfrentar sus propios problemas, por lo que "transfiere" la energía que tendría que utilizar para asumirlos en intentar resolver un imposible problema universal. Esto le permitirá mantenerse activo y enérgico en una lucha eterna que si algún resultado le ofrece es el de ayudarlo a evadir sus verdaderas y esenciales responsabilidades.
 Me resulta imposible comprender cómo, por ejemplo, alguien grita histérico en la calle en protesta por el calentamiento global, cuando ni siquiera ha aprendido a reciclar la basura en su propia casa. No puedo dar crédito a un padre irresponsable que dice ser paladín de la defensa de los derechos humanos, cuando éste no se preocupa por los derechos humanos de los hijos que gestó. No me parece real que alguien defienda la libertad de expresión cuando no permite que se expresen los que piensan diferente a él. No le encuentro yo mucho sentido a que el Papa anuncie que ser rico es el nuevo pecado mortal y lo haga parado en el balcón de uno de los recintos más lujosos que puede conocer el hombre. Es cierto, algo no termina de cuadrar.
 No seré yo quien le explique cuál es la causa por la que se tiene que pronunciar, pero sería bueno, sería al menos sensato, que antes de lanzarnos a la lucha, dejáramos la hipocresía y el doble discurso y comenzáramos por poner orden en nuestras propias casas.
 Antes de izar la bandera, enmendemos nuestra pareja, busquemos solución a nuestros problemas de familia.Entonces sí tendría lógica que nos sentáramos a solucionar los problemas de la cuadra, del país y, tal vez, anunciar a gritos la solución para el planeta.

 Luis Fernández
luis@luisfernandez.net 
el-nacional.com/suplementos


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