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Mónica Montañés tuvo una brillante idea: plantear los conflictos de su nueva telenovela en las instalaciones de una tienda por departamentos. Haciendo a un lado los beneficios que esto presenta para la producción, creo que un recinto de esta naturaleza es el lugar perfecto para que exploten el millón de desavenencias de una pareja promedio.
Interesante resulta entonces preguntarse el porqué, si lo que ofrece en primera instancia la aparentemente inofensiva instalación es justamente brindarnos todos los servicios que podamos necesitar en un solo sitio para evitarnos problemas. Pero es que siempre bajo la oferta inicial aparece lo otro: la verdad. No es la tienda mala por naturaleza, pero activa inconscientemente en la mujer su instinto de recolectora. Y si hay algo que sé por experiencia que es totalmente incompatible con nosotros es la bendita recolección mujeril. El hombre no puede comprender por qué el millón de perolitos que se ofrecen por aquí y por allá es para ustedes tan atractivo.
Más aún, excitadas ante la aparición de, por ejemplo, un abridor de latas que también sirve de cuchillo, que se afila solo y que además está en rebaja, artefacto que súbitamente cobrará para ustedes una importancia vital, la mujer querrá compartir con el amor de su vidas, con el esposo o con el peor-es-nada, lo maravilloso, lo gratificante que resulta adquirir lo que no necesitamos y en oferta. Él, desde luego, no comprenderá la trascendencia de este proceso de gratificación femenina y ella se molestará por su insensibilidad hacia todo lo doméstico y lo poco que él la valora y por allí nos iremos adentrando en el clásico laberinto del pleito de la pareja promedio.
¿Cómo es que no lo pueden comprender? Preguntarán las mujeres de los hombres y ellos a su vez devolverán la interrogante. Pues es así, somos diferentes y si bien no llegaremos a entendernos, es importante que comprendamos al menos las razones de nuestra incomunicación.
El placer que usted siente al entrar en una gran tienda por departamentos es equivalente al goce que siente un hombre promedio al entrar, digamos, a un bar de strippers. Sí, me llamará usted básico y dirá que generalizo, pero es. Y no lo digo yo, lo han dicho muchos: el hombre caza, la mujer recolecta. Y efectivamente usted se adentrará entre anaqueles buscando "recolectar" la mejor oferta, él se acercará a la barra buscando "cazar" el mejor par de tetas, y usted no podrá comprender qué tiene de gratificante sentarse a ver a las muchachas tongonearse alrededor de un poste. Usted se pasará horas recorriendo los miles de objetos que no necesita. Él pasará horas examinando los cuerpos de las mujeres que tampoco necesita tener. Usted dará con un par de zapatos carísimos que pudiera usar combinados con aquella cartera que guarda desde hace tanto. Él se excitará al descubrir a una rubia que pudiera parecérsele a la de la revista Playboy, aquélla con la que se masturbaba de adolescente. Y hasta es posible que en un exceso sucumban a sus respectivos instintos primarios y decida usted comprarse el par de zapatillas y él fornicar con la rubia. Lo harán con mucho de culpa, pero no exentos de placer.
Lo harán a escondidas del otro y a fin de mes esperarán el estado de cuenta de la tarjeta para ocultarle a la pareja el polvo o el tacón de aguja que ya para entonces les resulta tan incómodo como sin sentido.
Exagero, claro está, no es que su marido le esté montando cachos cada vez que usted está de compras (¿o sí?), tampoco es que sea lo mismo comprar y fornicar, pero creo que el ejemplo ilustra.
Hay cosas que sencillamente el hombre y la mujer deben hacer por separado. De modo que no se enfade si su esposo no la quiere acompañar de tiendas, póngase en su lugar, es como si él le pidiera a usted que lo acompañara al bar de las strippers.
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