martes, 29 de abril de 2008
Publicado por vivealdia @ 8:56 PM  | Mujeres
Comentarios (0)  | Enviar

De ser una de las diez mujeres mejores vestidas quiso pasar a vestirlas. Sin duda que es orgullo nacional por la posición que ocupa en el delirante mundo del fashion

   

Esta caraqueña es el súmmum de la elegancia, con estilo propio afirma que para triunfar hay que trabajar, tener disciplina y suerte

 

 Carolina Herrera ofrece en Nueva York una de las mercancías más cotizadas por su escasez: su prosapia.    Siempre dejó muy claro en su comportamiento que era una venezolana muy bien nacida y con impecables modales que ha conservado como su marca de fábrica.   

Carolina figuraba  en la lista de Las 10 mejores vestidas del mundo. Y de ser mujer muy bien vestida, quiso pasar a vestir mujeres.  ¡Lo interesante  fue cómo lo hizo!

En Nueva York, los desfiles de moda  no existían y los diseñadores  exhibían sus colecciones privadamente  a los compradores de las grandes tiendas  del país. El 26 de octubre 1981, Carolina Herrera, presentó su primera colección  en el sitio más exclusivo de Manhattan: el Metropolitan Club, y no ante posibles compradores, sino un elenco de la alta sociedad internacional, que no faltó a la cita, por amistad, pero sobre todo por curiosidad.

Esos primeros vestidos eran como los que ella usaba en las fiestas de Caracas, un poco fuera de moda, pero muy de su estilo: trajes largos maravillosos caracterizados por grandes mangas que enmarcaban el rostro. Las asistentes quedaron fascinadas: más que  vestidos eran unos símbolos de estatus.

La receptividad de la prensa especializada y el de la "biblia": el Women Wear's Daily o WWD,  fue escéptica, y el pronóstico unánime: un fuego articial que no duraría.

Seis meses después volvió Carolina Herrera, con un desfile, esta vez en la muy democrática "Public Library" de la ciudad, lo que nunca se había hecho. La prensa quedó atónita y  el WWD tituló su aprobación en un "argot" muy neoyorquino: "¡That rich bitch does it again!"

  Era el reconocimiento a  la disciplina, el trabajo y el tesón. Carolina Herrera ha comercializado su imagen. Tiene tres prioridades: la primera, su familia: Reinaldo, su marido; sus cuatro hijas, sus nietos y siempre sus perros, con nombres de gente. Luego su trabajo, al  cual le dedica ocho horas y ni una más. Planifica al detalle lo que se va a ejecutar ese día y si el trabajo no se terminó fue por deficiencia de planificación, lo que rectifica el día siguiente. Y la tercera: su vida social, que de paso le sirve de publicidad, porque siendo una de la mujeres más elegantes (y fotografiadas) de Nueva York, lo que lleva puesto es obvio: ¡un Carolina Herrera! Aunque ella nunca habla de su trabajo en sociedad.

Su legendaria discreción -nunca hizo mención de su amistad con la princesa Margarita- le ganó una clienta, que fue su amiga y se vistió con ella hasta su muerte: Jacqueline Kennedy Onassis, quien le encargó el vestido de novia de su hija Carolina cuando se casó con Edwin Schlossberg,  en  1986. 

Y  en una ciudad en que todo es un inventario de lo que cuesta cada cosa, Carolina jamás habla de dinero.  Dicen sus empleadas que cuando una clienta le pregunta cuánto vale uno de sus modelos se ruboriza y hace que otras respondan por ella.

La importancia de su imagen es tal, que  se publicó un libro lleno de fotografías de todas las épocas y de testimonios de sus  amigas y amigos con una opinión unánime.

Un ejemplo vale por todos: su colega y amigo, Bill Blass, tenía un hermoso busto de un beduino con un turbante, esculpido en mármoles de diferentes colores. Carolina lo admiró y Bill Blass le dijo: si te gusta tanto, te lo dejaré en el testamento. "¡Ah  no, Bill, exclamó Carolina, si tienes que morirte prefiero no tenerlo nunca!". ¡Al día siguiente el busto del beduino estaba en su casa!

LEOPOLDO FONTANA BRICEÑO 
PERIODISTA
Foto (Miguel Rajmil/Efe)

Links relacionados Sitio oficial: Carolina Herrera, NY

Ediciòn Aniversaria www.eluniversal.com/aniversario/99


Comentarios