Laureano Márquez Fervoroso ucevista, legó a esa casa de estudios un maravilloso No nació en Caracas. Ni siquiera en Venezuela. No obstante, tiene mucho qué decir de esta ciudad a la que llegó siendo muy joven, huyendo de la "pelazón y el hambre" de Tenerife, España. Aquí se hizo un hombre instruido, estudiante universitario y, luego, Licenciado en Ciencias Políticas, egresado, cómo no, de la Universidad Central de Venezuela. Nombrar a esta casa de estudios en su presencia es provocar un derroche de adjetivos generosos. Claro, no puede ocultarlo, ni tampoco quiere hacerlo: la UCV, asegura, es el sitio más hermoso de la capital. "Para mí ella es motivo de sentimientos encontrados. Tan hermosa y tan bien construida, pero, a la vez, tan descuidada, que aquello da dolor", dice Laureano Márquez, quien recuerda que, años después de haberse graduado, sentado frente a las playas de La Guaira para ojear el periódico, leyó un reportaje que denunciaba lo malo que ocurría en la UCV. Entonces la inspiración le reclamó lápiz y papel para hacer una reivindicación. "Comencé a pensar en lo que sí funcionaba, aquello que siempre me había enamorado de la universidad, y allí mismo escribí un artículo de prensa en el que rescataba todo lo que creía importante. Luego salió publicado, y me di por satisfecho", rememora. Pero pasados los días, Laureano recibió una llamada sorpresiva. Era Giusseppe Giannetto, para la época rector de la casa de estudios, quien le pedía su autorización para publicar aquel texto como una suerte de poema, que más tarde se conocería como el Credo de la UCV. Allí expresa su fe irreductible en "la casa que vence las sombras", en el arte escondido en sus rincones insospechados, en la biblioteca bañada por "las luces multicolores del pensamiento", en el comedor, "único mal negocio que se justifica", "en los sueños que dormitan tras las nubes de Calder", y "en el estudiante que marcha con su veinte bajo el brazo". Hoy, cuando lo ve impreso en afiches o marcalibros, le embarga una gran alegría. "Es muy bonito saber que ya ese artículo no es mío, pues le pertenece a la universidad, a los estudiantes, a la ciudad misma". Pero su Caracas trasciende los salones de clases y los jardines de Tierra de Nadie. Esta capital, definitivamente, le ofreció pesados argumentos que lo convencieron de que en el humor estaba su oficio. "Caracas da para todo. Se la pasa contando chistes, dando personajes. Su caos la hace el lugar perfecto para los humoristas", cuenta. Siempre vinculado al tema amoroso, Laureano cree que la ciudad se deja amar con facilidad, "aunque a veces se ponga odiosa". Su montaña es el mayor atractivo. "Quien no se enamora de El Ávila es porque no tiene corazón", afirma. Sueña, en el fondo, con una metrópolis transitable, con la avenida Victoria convertida en boulevard cultural, llena de cafés y teatros. Y al final emerge un deseo que quizá algún día consiga su tiempo y su lugar: "Me encantaría escribirle un Credo a Caracas". Entonces aparece el escritor de las frases hermosas y bien elaboradas: "Creo en El Ávila, el mentor que nos observa y nos recuerda que la vida tiene posibilidades de esplendor; creo en la gente amable de esta ciudad; creo en los pocos parques que nos quedan, el Parque del Este, el Jóvito Villalba; en las casas que todavía guardan tradiciones; en la urbanización Los Chorros que esconde sorpresas y tesoros; en la Cuadra de Bolívar; en el túnel de bambúes del Country Club; en las vistas de la ciudad desde las montañas de El Hatillo; y, por último, claro que sí, creo en el Guaire, a pesar de todo". |